CULTURA

CREAR LA INERCIA

guadalajaraPor: Carlos Prospero/ TEN/ Cultura

Una editorial publica un libro porque el autor fue recomendado por un autor con trayectoria, un político o un empresario, que bien pueden costear un porcentaje de los costes de la impresión y no solamente recomendarlo utilizando el imperio de su posición de autoridad.

Por la Ley de imprenta y para efectos de los impuestos, la editorial debe imprimir un tiraje mínimo de mil ejemplares, que debe consignar en las páginas del colofón.

Una editorial en forma asume los riesgos del mercado y en ese punto ancla sus ganancias.

Entonces se da cuenta de que el éxito de la venta de un libro, y por ende de todos los libros que publique, está en una campaña de creación de necesidades, como las del jabón, los perfumes, las pantallas de televisión o los teléfonos inteligentes.

Una campaña para posicionar ese libro en el mundo de libros del mismo tema, tanto de su propia editorial como los de la competencia, requiere de la opinión de alguien experto en la lectura y el análisis literario que tenga hambre de un buen bistec y una copa de vino y de reconocimiento social,  pues solamente una persona con esas características podría enfocar su visión en el descubrimiento de asuntos ocultos o de las supuestas sutilezas propias de la escritura; hacer un análisis inmanente del relato y develar las emociones contenidas o tan sólo sugeridas para que el posible lector se entusiasme, se identifique con ellas y compre.

El crítico literario venido a reseñador de libros no es diferente de quien vende autos, seguros de vida o servicios funerarios. Su función es crear la ilusoria necesidad de leer ese libro particularmente y para lograrlo usará sus conocimientos especializados del análisis literario.

Tiene a su favor la campaña generalizada, impulsada desde las escuelas de todos los niveles, que obliga a todos a leer, que sugiere la idea de que la lectura los hará «mejores personas», sin especificar qué tipo de lectura.

Así como antes se decía que quien no estudiaba (en la escuela oficial) era un burro, así hoy quien no lee es un imbécil.

A partir de la década de los 80 del siglo pasado, la  venta de libros se inclinó por los de escritura literaria (fiction, en inglés), relegando a los de ciencia y filosofía, y posicionándolos como un modo de conocimiento, otorgándole, de esta manera, al escritor literario, que muchas veces es tan sólo un patán engreído, la condición de filósofo y de formador de las nuevas generaciones en el plano sensible.
Así que el reseña libros debe desentrañar, tanto a él mismo como a los posibles lectores, qué es el conocimiento sensible y cómo lo individualiza el que escribe, y aquí Kant es el filósofo maestro de los reseña libros.

Hay que considerar que quien publicar hoy deja de ser escritor para convertirse en negociante. No desaparece, obviamente, como pretendiera imponer Barthes; solamente cambia su condición, su posición social y, aunque no lo parezca, su visión de la vida, al ingresar al campo de las competencias y de las banalidades, pero eso no puede decirlo el que reseña, que solamente debe enfocarse en escudriñar, aunque muchas veces está en lo literal de su discurso, para poner las supuestas virtudes sobre la mesa, como el mago que saca un conejo de su sombrero.

El reseñador es, diríamos, el verdadero mago de las letras, el que descubre la ignorancia del que escribe y el que crea la inercia de la necesidad de leer, para lograr que, con solo ver un libro, ya no se diga tenerlo en las manos, se sienta el gusto por conocerlo, como la campanilla de Pavlov.

La editorial le paga sus esos descubrimientos y el autor le agradece, pues cada libro vendido es un billete para su bolsillo.

El reseña libros es el verdadero héroe de esta escaramuza en la que el único que pierde su alma es el lector, que ha picado el anzuelo de que en esas baratijas hay algún tesoro.

«Compra libros que no lee, y si los lee, no los entiende», decía un amigo de otro.

Sin embargo, existe la confianza inconsciente en las personas de que «si hay cobre, habrá oro» y eso es lo que los mantiene apegados a esa ilusión del conocimiento sensible.