OPINIÓN

LA VITRINA COMO UNA VENTANA EN EL TIEMPO

Por: Mariana Navarro Macías/ TEN/ Opinión

La vitrina en el México de antaño no era simplemente un soporte de vidrio y madera, sino una auténtica ventana hacia el pasado, hacia una realidad donde los rostros, eventos y recuerdos se inmortalizaban en imágenes expuestas para la contemplación pública.

Estas vitrinas emergieron con fuerza entre las décadas de los años 40 y 70, una época marcada por profundos cambios sociales y culturales en el país.

En esas décadas, México vivía un proceso de modernización que coexistía con la persistencia de prácticas tradicionales, permitiendo que estos espacios cumplieran la función de cápsulas del tiempo, recordándonos las huellas de quienes habían sido protagonistas de la vida local.

LA ÉPOCA DE LAS VITRINAS: ENTRE LOS AÑOS 40 Y 70

Durante los años 40, México empezaba a dar pasos significativos hacia la modernización.

La Segunda Guerra Mundial había impulsado la industrialización del país, y ciudades como la Ciudad de México, Guadalajara, y Monterrey comenzaban a crecer de manera acelerada.

Sin embargo, la modernización no llegó de inmediato a todos los rincones, y muchos pueblos y colonias mantuvieron sus costumbres y métodos de comunicación locales.

En estos lugares, las vitrinas se convirtieron en el epicentro de la vida social, en pequeños santuarios donde el pasado y el presente dialogaban a través de las fotografías expuestas.

Estas vitrinas solían ubicarse en zonas concurridas, como mercados, plazas públicas, y tiendas de barrio, lugares donde se congregaba la gente en busca de “novedades”.

En aquellos años, los pueblos y barrios de la Ciudad de México, como Coyoacán, Xochimilco, y San Ángel, eran reconocidos por mantener sus tradiciones.

Allí, las vitrinas servían para exhibir fotografías de eventos familiares, recordatorios de difuntos y anuncios de bodas y quinceañeras.

En Guadalajara, el barrio de Analco y las zonas cercanas al centro eran conocidos por tener estos espacios donde la gente podía detenerse a mirar los rostros de aquellos que formaban parte de su historia compartida.

EL MUNDO REFLEJADO EN EL CRISTAL: UNA HISTORIA COMÚN

La vitrina, en su sencillez, era también un espejo de los cambios históricos que vivía el país.vitrina

En la década de los 50, durante el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines, México experimentaba un auge económico, y la llamada “época de oro del cine mexicano” reflejaba la identidad cultural de una nación que buscaba reafirmarse ante el mundo. Las vitrinas, en aquellos años, incluían no solo las fotos de ciudadanos comunes, sino también imágenes de actores y actrices famosos, como Pedro Infante y María Félix, quienes se convertían en referentes de una identidad mexicana en construcción.

Las vitrinas así tomaban una nueva dimensión, convirtiéndose en ventanas que reflejaban tanto la vida de la comunidad como los íconos de una cultura en auge.

En los años 60 y 70, las vitrinas en lugares como Oaxaca, Chiapas y los pueblos de la sierra de Puebla seguían siendo puntos de encuentro y memoria para la población rural.

En estos lugares, la modernidad aún avanzaba a un ritmo más pausado, y la vitrina continuaba siendo el principal medio para comunicar noticias familiares o comunitarias.

Los rostros y las historias expuestas recordaban a todos que, a pesar del avance urbano y de la aceleración de los tiempos, el núcleo comunitario seguía intacto, con cada persona jugando un rol en esa red de relaciones que definía la vida local.

EVENTOS HISTÓRICOS COMO REFERENCIAS EN LA VITRINA DEL TIEMPO

En 1968, año marcado por los Juegos Olímpicos en México y la trágica masacre de Tlatelolco, las vitrinas de barrios y comunidades reflejaron el impacto de estos acontecimientos en las personas.

La vitrina se convertía también en un espacio donde los rostros ausentes de aquellos tiempos turbulentos eran recordados, como un homenaje silencioso y local a quienes habían sido parte de los momentos cruciales de la nación.

En un México donde los medios de comunicación aún no alcanzaban la inmediatez de hoy, ni existía los medios digitales o la IA, la vitrina era, en muchos casos, el único lugar donde las personas podían observar los rostros de aquellos que habían partido, ya fuera para siempre o temporalmente.

LOS LUGARES EMBLEMÁTICOS DONDE PERSISTIÓ LA VITRINA

Aunque el uso de vitrinas fue común en todo el país, hubo lugares donde adquirieron una presencia especial y se convirtieron en verdaderos referentes culturales.

En el centro histórico de Oaxaca, por ejemplo, las vitrinas en los mercados y plazas se utilizaban no solo para recordar a los difuntos, sino también para mostrar las imágenes de los artesanos y comerciantes que daban vida al lugar.

En Pátzcuaro, Michoacán, en los días previos a la festividad de Día de Muertos, las vitrinas se llenaban de fotos de personas que habían fallecido, y la comunidad acudía a estos lugares para recordar y rendir homenaje a sus seres queridos.

CONCLUYENDO: LA VITRINA COMO LEGADO

La vitrina, en este contexto, era mucho más que un simple expositor de fotografías; era una puerta a una realidad compartida y un testimonio de los ciclos de vida, muerte y comunidad que estructuraban el tejido social mexicano.

En sus cristales opacos por el polvo, pero llenos de recuerdos, las vitrinas nos enseñan cómo México guardaba, y aún guarda en algunos rincones, la memoria colectiva de su gente.

Son, por decirlo así, un recordatorio tangible de que el tiempo, aunque implacable, deja huellas que persisten, y de que la cultura mexicana se construyó y se construye, no solo en los grandes eventos históricos, sino en las pequeñas memorias que, detrás de un cristal, resistieron al olvido.