SUEÑOS INFORMALES
Por: Darío Fritz/ TEN/ Opinión
Debería uno caer alguna vez en esa fe entusiasta de que se puede levantar, preparar el día como uno más de todos los días, cerrar la puerta y nunca más aparecerse por allí. A tiempo para cambiar de rumbo. Nacho tiene esa fe en el horizonte. Pretende regresar en menos de un lustro a las pocas hectáreas que le heredaron cerca de Tequisquiapan y dedicarse a criar cerdos, jubilado del duro mundo de la construcción, de curtirse en el sol del mediodía impermeabilizando techos, taladrar cemento o lidiar con los funcionarios de la Alcaldía que lo quieren hacer detener porque coloca adoquines en la vía pública, contratado por el gobierno federal. El esmerado albañil, plomero, electricista, contratista a veces, alguna vez migrante agrícola por un par de años en California, ha vuelto al ruedo después de una parada obligada de siete días en que el trabajo dio un brusco freno. Pero eso no lo hace ajeno a las estadísticas de este último trimestre que le llegan por el noticiario del mediodía. El INEGI ha constatado que sigue formando parte de los 32.6 millones de trabajadores informales (54.8 por ciento de la población ocupada) que dan la cara sobre el estado del empleo en el país en el segundo trimestre del año, con un crecimiento de 398 mil nuevos puestos. El empleo formal, le dice, también dio un vuelco, mejoró en cerca de 114 mil personas contratadas, aunque no recuperó los 120 mil perdidos entre enero y marzo. Pero la buena noticia se le debe a la informalidad, esa que carece de prestaciones, seguridad social y sobrevive pendiente de la estabilidad de la economía, como en el caso de Nacho.
“La sociedad está integrada por dos grandes clases”, describió pos mortem, ácido y escéptico, hacia fines del siglo XIX, el francés Nicolás de Chamfort, “los que tienen más cenas que apetito y los que tienen más apetito que cenas”. La desigualdad se mide no solo por la distancia entre el poder adquisitivo de los mejores y peores dotados entre cuentas bancarias y bolsillos escasos, sino también por cómo se distribuye el trabajo. A esos datos del INEGI se debe complementar con datos menos alentadores: la actividad doméstica remunerada decayó, así como también el empleo informal en empresas.
Nacho y sus colegas de la construcción se pueden sentir agraciados por pertenecer a ese sector dinámico que, aunque en la precariedad, como también el ambulantaje y los servicios personales, se mantiene estable y en crecimiento. Los micros y pequeños establecimientos, responsables de generar los mayores empleos privados del país, siguen operando en la informalidad, mientras que en los Estados garantizan la estabilidad laboral.
En el terreno de la fragilidad económica y la rutinaria sobrevivencia, Nacho acumula paciencia, los cuidados discontinuos para que la diabetes no se dispare y su hija termine los estudios de psicología en cuatro años. Ya para entonces el empeño por la granja de cerdos podrá ser una realidad. Un retiro traducido en más informalidad. Siempre y cuando no le pudra la iniciativa alguna inversión china -los nuevos mesías en el negocio- cercana a sus tierras.