
ASÍ O MÁS INVISIBILIZADOS LOS PILARES FAMILIARES
Por: Vigaro/ TEN/ Opinión
Es una ironía amarga que, este primero de junio, mientras el calendario internacional se viste de gala para conmemorar el Día Mundial de las Madres y los Padres, la realidad mexicana nos obligue a mirar el desmoronamiento de aquello que la ONU, con optimismo burocrático, califica como el pilar insustituible de la sociedad.
La efeméride, que debería ser un reconocimiento a la titánica labor de crianza, se ha convertido en un recordatorio punzante de cómo las autoridades, lejos de fortalecer la célula básica de nuestra estructura social, han ejecutado una demolición sistemática desde los cimientos.
Bajo la fachada de una modernidad progresista, el Estado mexicano ha tejido una red de legislaciones que, priorizando agendas de minorías sobre el interés superior de la familia, han logrado fracturar la autoridad en el hogar, dejando a los padres en una suerte de indefensión pedagógica y moral.
El doble discurso se ha vuelto el lenguaje oficial. Por un lado, se proclama la importancia de los valores y la protección de la infancia en documentos y discursos huecos; por el otro, se implementan políticas públicas que disfrazan el intervencionismo estatal como «pseudo derechos», infiltrándose en el ámbito privado para sembrar la discordia generacional.
Es una ingeniería social que ha taladrado el criterio de las nuevas generaciones, convenciéndolas de que la guía y la corrección de sus tutores son actos de opresión o violencia, cuando en realidad son los únicos diques que sostienen la integridad del individuo ante un mundo cada vez más volátil.
Al socavar la figura del padre y la madre, el gobierno no ha liberado a los jóvenes; los ha dejado huérfanos de referentes sólidos, entregándolos a la deriva de un relativismo que, inevitablemente, deriva en la descomposición que hoy presenciamos en las calles y en la psique colectiva.
La supuesta «crianza positiva» que promueven las instituciones, despojada de la autoridad natural que ejercen los padres, ha terminado por erosionar la responsabilidad compartida, convirtiendo la educación en una lucha de poder donde el Estado dicta las reglas y los padres son meros espectadores.
Es urgente reconocer que, mientras se celebre a la familia como una reliquia, pero se le ataque en la práctica legal y legislativa, el tejido social seguirá deshilachándose hasta quedar irreconocible.
La verdadera justicia social no vendrá de leyes que enfrentan a los hijos con sus padres bajo el pretexto de derechos malentendidos, sino de devolverle a la familia su soberanía, su autoridad y su derecho fundamental a formar a las nuevas generaciones sin la tutela ideológica de un gobierno que parece haber olvidado que no hay nación fuerte si antes no hay hogares firmes y respetados.