LA MONEDA EN EL AIRE

Es suficiente que alguien que un objeto –pintura, escultura, literatura, cine, música– es arte para que sea aceptado como tal.

La hipótesis en la que se asienta esta actitud afirma que el arte es subjetivo, razón por la cual todo hombre y mujer son potencialmente artistas, puesto que todos fueron creados a imagen y semejanza de un dios que, según la antigua creencia bíblica, y siendo, según algunos, palabra revelada, es absolutamente cierto.

A esta idea se le adjunta la de los filósofos cognitivos, para quienes es imposible conocer la realidad.

Eso que consideramos que es la realidad, afirman, solo es una representación lingüística en nuestro cerebro, por lo que la realidad del individuo es una imagen, no la realidad misma.

Todo lo ha creado cada individuo como respuesta a los estímulos externos tras los que vive enconchado en esa imagen que se creó.

De este lado del espejo, el hombre vive su ficción, encarcelado en el lenguaje.

Y como está preso a cadena perpetua busca alguna manera de compensar esa soledad que se dice es enfermiza.

Cervantes, sometido al poder la corona por sus deudas, de manera no consciente define una nueva relación social en la que está trunca toda relación con la divinidad a la vez que fortalece la relación entre los hombres como simples mortales.

La inspiración de Cervantes no es divina, es no solamente humana.

El Quijote es una traducción, ni siquiera es invención propia, quizá por los peligros que en su tiempo significaba Torquemada y su grupo de matones.

La aljamía era la escritura en caracteres árabes de un texto español, y Cervantes dice que las aventuras del Quijote estaban en un cartapacio de una librería de viejo, escritos de esta manera.

Traducción, no inspiración, que desembocará en nuestro siglo, en el subconsciente de casi todos los que se consideran escritores, en la creencia de que los hombres y mujeres son los que crean.

Pero no se lo digan de manera directa a ninguno porque les saltará la culpa como una liebre, ya que públicamente siguen siendo creyentes, si no de un Dios, si de un Universo (con mayúsculas) bondadoso que “conspira” a su favor.

Así que cuando una persona afirma “esto es arte”, o “esto es una obra de arte”, incluso hasta “esto es el legado de tal o cual artista”, así sea una baladronada, ejerce la postura de ese dios, lo suplante (y de ahí su sentimiento de culpa), que le lleva a considerar que la humanidad está enferma y que las letras serán el remedio.

El paradigma de la creación con fines estéticos se modificó radicalmente con la propuesta de Bretón de acabar con la cultura burguesa, y la practican los artistas desde la segunda mitad del siglo pasado al afirmar “esto es arte, porque yo lo digo”.

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