UNA APRECIACIÓN DE LAS MONOTIPIAS DE ANA LUISA RÉBORA

El arte es la manifestación concreta del espíritu del que lo elabora.

Aunque lo realiza una sola persona. La expresión representa al grupo social en el que el artista se desenvuelve.

Quiérase que no, en él se pueden observar los deseos, las posibilidades, que quiere ver logrados en un futuro próximo.

Y aunque esos deseos están allí, lo que nos atrae son las formas, el ritmo, la composición contenida en un marco del que no se puede salir, pero que ancla la dinámica del movimiento, el ansia del espíritu por ir más allá de los límites marcados.

Los cuadros horizontales nos remiten a un paisaje, un espacio en el que la figura se multiplica, en el que hay una convivencia, un compartir las emociones que los deseos causan.

El espíritu viejo no tiene movimiento, se sitúa como una piedra, como un árbol, afectados por los hechos externos, “sufren” lo que su circunstanciales provoca.

El espíritu nuevo se mueve, actúa sobre su circunstancia, su dinamismo responde a los estímulos exteriores con voluntad propia.

Este espíritu nuevo, renovador, se encuentra en las pinturas de Ana Luisa Rébora.

Sus tintas en las que interactúan lo oscuro de su movimiento y la luz de su llegada a un punto en el que convergen crean un significado que trasciende las propias figuras.

Las líneas curvas, a veces onduladas, nos llevan por un mundo que requiere de la participación del que mira, pues los efectos que producen y esa fuerza del trabajo flexible nos confrontan, nos conminan a seguirlo y a completarlo.

La dinámica del trazo buscando el infinito se queda contenida por el marco y esa relación mantiene una tensión terrible que desemboca en un grito que va más allá del cuadro mismo y se clava en los oídos de quien las mira.

Es necesaria una maestría en el manejo de los instrumentos de la expresión artística, maestría que solamente se alcanza con el equilibrio entre el cuerpo y el espíritu.

El pincel es como el sable en las manos de un samurai que ha logrado el dominio de la espada y con ella matiza la realidad que tiene ante sí.

Las reproducciones en blanco y negro de estos dibujos de Ana Luisa Rébora son una experiencia.

El arte es intrínsecamente una experiencia dinámica entre la pintura misma y el que la contempla y una experiencia indirecta con la autora.

Las monotipias de Ana Luisa Rébora se encuentran al lado de las del maestro Antonio Ramírez en el Taller de Gráfica Mónica Dávalos, en Justo Sierra 1848, esquina con Clemente Orozco.

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