EDUCAR DESDE LA PERSONA

Por: Miguel Bazdresch Parada*

Es frecuente hablar, pensar y sentir la educación desde un hecho, el cual consideramos incontrovertible: El ser humano es un ser que nace menesteroso, necesitado de los padres y muy frágil. Al humano recién llegado al mundo nuestro lo definimos como carente y a la vez capaz de reconocer, poco a poco, los gestos, sonidos, actos, con los cuales pedir, defenderse, manifestarse ante los demás.
Esta idea general se mantiene, quizá con variantes en los detalles, para cuando las personas se incorporan al sistema educativo general. El ser humano es pues un ser educable. La educación se conforma de dos propósitos: la socialización, capacidad de vivir en sociedad, de los nuevos miembros y la formación, las capacidades para aprender. Poco a poco se completa la socialización y se profundiza en la formación. En este sistema son los mayores quienes les dan a conocer a los nuevos miembros qué aprender y cómo aprenderlo. Este modo institucionalizado se le llama escuela o institución educativa.
Aquí la cuestión: ¿por qué ha crecido el malestar educativo? Si todo el sistema está ahí. ¿Cuáles situaciones actuales orillan a los jóvenes a tomar la decisión del suicido o de la violencia? Las cuentas aumentan y las soluciones escasean. Los maestros están atendidos por el sistema en los asuntos de la profesión y el trabajo. ¿Por qué crece el malestar docente? ¿Por qué familias, docentes y empleadores se quejan de las deficiencias de los conocimientos de los estudiantes? Los estudiantes con alguna discapacidad no siempre disponen de la situación escolar congruente con sus posibilidades. Los acuerdos, las normas, las leyes, métodos, instituciones están ahí. ¿Qué sucede? Bien, puede haber mil y una razón para responder. Ensayo una.
El sistema, familia, escuela, institución, gobierno, leyes… no están diseñados y operados desde el valor primordial de la persona. Trascribo unos elementos propuestos en el texto “Ensanchar la vida” de Jorge Font. “… me gusta pensar que lo que hago como maestro es andar con mi estetoscopio para escuchar el corazón de los alumnos y ayudarlos a que ellos también lo escuchen y vivan al ritmo que les marca… Dicho en términos coloquiales, que puedan responder las preguntas: ¿Qué les late? ¿Qué les apasiona? ¿Dónde sienten que puedan ser útiles? ¿Qué les está preguntando la vida?”
Y añado; hacer las preguntas por el interés en aprender aspectos de su realidad social, del mundo, de su cultura, de su naturaleza, y aprenderlas junto con ellos antes dejarse llevar por un currículo que llega de fuera, de lejos, de los mayores. Nada fácil y a la vez posible. Los estudiantes si los escuchamos, si les pedimos, si los apreciamos serán los mejores ayudantes de los educadores, para guiarnos a significados y valores buscados por ellos. Y esas son las bases cognoscitivas con las cuales lo aprendido se puede aplicar a la vida diaria y a la vida personal.
Quien lo ha intentado probablemente ha recibido respuestas disruptivas, soñadoras, ideales, brutales, rasposas, utópicas. Ahí está la magia de escuchar al aprendiz. Sin conocer esas respuestas, mis propuestas de aprender lo que manda la autoridad será desoído o apuntado y recitado sin convicción. De otro modo, son autores y así podemos tratarlos, respetarlos y, ayudarlos a resolver el gran problema de formarse seres humanos, personas de y en este mundo, junto con otros y hacernos responsables.

*Doctor en Filosofía de la educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). [email protected]

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