DEL SER O NO SER EN LA EXISTENCIA DE LA VIDA
Por: Mariana Navarro Macías/ TEN/ Opinión
- EL VERDADERO SIGNIFICADO DEL “NO MATARÁS”
Desde el principio de los tiempos, el mandamiento divino ha resonado en la conciencia del hombre con un eco inapelable: “No matarás”. Y, sin embargo, ¿qué entiende el ser humano por asesinato? La interpretación común, burda y limitada, lo reduce al acto físico de arrebatar la vida de otro. Pero ¿acaso no es la existencia un delicado equilibrio entre el cuerpo y el alma, entre el reconocimiento y el amor? Si matar es privar a otro de su ser, de su esencia y de su derecho a habitar en este mundo, entonces hay formas mucho más perversas de homicidio que el simple derramamiento de sangre.
Se puede matar con una daga en el corazón, pero también con el desprecio, con la indiferencia, con la ausencia cruel y calculada. Y tan asesino es el que empuña el arma como el que, con su silencio, su frialdad o su abandono, destruye la vida de otro ser humano.
En este punto, es imprescindible recordar la máxima popular: tanto peca el que mata la vaca como el que le toma la pata. La muerte, en todas sus formas, es el resultado de una decisión, de una acción o de una omisión. Quien ejecuta el acto y quien lo permite son igualmente responsables del crimen.
- LA MUERTE SIMBÓLICA: UNA CONDENA PEOR QUE LA MUERTE FÍSICA
Se suele pensar que la única muerte posible es la biológica, aquella que nos arrebata a los seres queridos y nos sumerge en el duelo. Sin embargo, existe otra, una más cruel, una que no tiene rituales de despedida ni tumbas donde llorar. Es la muerte en vida, el destierro del corazón, la sentencia silenciosa de quien decide borrar a otro de su existencia.
Ser el muerto de alguien en vida es la condena más abrumadora. No hay peor castigo para un alma que seguir respirando mientras su existencia es negada por aquellos que ama.
El hijo que niega a sus padres, el amante que desconoce a quien le entregó su vida, el amigo que reduce a cenizas los recuerdos compartidos, todos ellos son ejecutores de esta muerte intangible. No hacen falta armas, no hacen falta venenos. Basta con el olvido, con la indiferencia, con la frialdad de quien mira y no ve, de quien escucha y no oye.
Y, sin embargo, peor aún es aquel que incita a otro a cometer este asesinato. Aquellos que susurran al oído de los hijos que deben abandonar a sus padres, aquellos que alimentan el desprecio entre hermanos, aquellos que fomentan el rencor entre quienes alguna vez se amaron… todos ellos son cómplices del mismo crimen.
Si matar es privar de la existencia, entonces también mata quien calla, quien no impide, quien asiste impávido a la aniquilación emocional de otro ser humano.
III. EL OLVIDO: EL MÁS ATROZ DE LOS HOMICIDIOS
En la cultura popular, el odio ha sido considerado un veneno, pero aún en su vileza, el odio reconoce la existencia del otro. Se odia a quien ha sido significativo, a quien ha dejado una huella. En cambio, el olvido es la condena definitiva, el verdadero exterminio del ser.
“Ódiame por piedad, yo te lo pido, odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido.”
Esta súplica, inmortalizada en versos, encierra una verdad desgarradora. El odio, por más hiriente que sea, al menos es una forma de recordar. Pero la indiferencia… ah, la indiferencia es el verdadero exterminio. Es la sentencia final de quien, aún con vida, ha sido condenado a la inexistencia.
Pensemos en la agonía de aquel que se sabe olvidado por los suyos. Pensemos en la angustia de la madre cuyo hijo, aún con vida, la ha condenado a la ausencia, o en la del padre que es desconocido por la carne de su carne. Pensemos en el sufrimiento del amigo convertido en extraño, en el amante transformado en sombra.
Si la muerte nos arrebata con justicia, el olvido nos aniquila con crueldad.
- RESPONSABILIDAD MORAL: LA CULPA DEL QUE MATA Y DEL QUE PERMITE MATAR
Hay quienes creen que pueden mantenerse neutrales en el exterminio simbólico de otro ser humano. Creen que no tienen culpa porque no han dado la orden, porque no han sido ellos quienes pronunciaron el fatídico veredicto de la inexistencia.
Pero, ¿acaso no es responsable el juez que permite una injusticia? ¿No es culpable el testigo que guarda silencio ante un crimen?
Así como en la ley terrenal se castiga tanto al asesino como a su cómplice, en la ley divina no hay indulgencia para quien, con su pasividad, permite que otro sea destruido.
Quien aconseja a un hijo que niegue a su madre, quien alimenta la indiferencia entre hermanos, quien fomenta el desprecio entre amigos…todos ellos son perpetradores de una muerte tan real como la del homicida que clava el puñal.
Matar es arrancar la vida, sí. Pero también es arrancar el derecho a ser amado, a ser reconocido, a ser recordado.
- CONCLUYENDO: UNA LLAMADA A LA RESPONSABILIDAD HUMANA
Vivimos en tiempos en los que la muerte simbólica es una práctica común. Se cancela, se destierra, se niega. Se decide, con la frialdad de un verdugo, que una persona no merece existir más en nuestra realidad.
Pero hemos de recordar que no hay peor crimen que condenar a otro al olvido.
Si hemos de vivir en este mundo, hagámoslo con la plena conciencia de que nuestro poder sobre la existencia ajena es inmenso. Podemos dar vida con una palabra, con una mirada, con un gesto de amor. Pero también podemos matar con el desprecio, con la indiferencia, con la omisión.
Que no seamos verdugos de los nuestros. Que no condenemos a los que alguna vez amamos a la inexistencia más dolorosa de todas. Porque el olvido no es sólo la muerte del otro… es también la muerte de nuestra propia humanidad.