
EL MUNDIAL FIFI DE LA FIFA TERMINA CON EL MITO DE DEPORTE POPULAR
Por: Vigaro/ TEN/ Opinión
La nostalgia por aquellos mundiales de 1970 y 1986, donde el fútbol conservaba un carácter de fiesta popular y comunitaria, se ha disuelto por completo bajo la sombra de un evento que, lejos de unir, marca una frontera infranqueable entre las élites y la gran mayoría.
Guadalajara, bajo el pretexto de la Copa Mundial 2026, se prepara para escenificar lo que ya no es una celebración deportiva, sino un ejercicio de exclusión sistemática.
La voracidad de la FIFA, en un conveniente contubernio con las autoridades locales, ha transformado el espíritu del deporte en una mercancía de lujo, donde el alto costo de los boletos ya había sentenciado la marginación de millones de seguidores. Sin embargo, la estocada final llega con la logística de los espacios públicos, donde la supuesta democratización del evento revela su verdadera naturaleza, un mercado cautivo diseñado para el consumo controlado y la exclusión de lo local.
La reciente revelación en el Congreso del Estado sobre el despliegue operativo en el centro tapatío es, cuando menos, alarmante.
Bajo la justificación de una supuesta organización logística, la Plaza de Armas será despojada de su identidad para convertirse en un recinto cercado por mallas plásticas, un perímetro que no busca proteger, sino restringir.
En este escenario, la contradicción es total y reveladora, mientras se despliega una política de «limpieza» social que ya expulsa a los vendedores ambulantes del corazón de la ciudad, se habilita una zona exclusiva de consumo donde la única oferta permitida —y bajo el control estricto de la organización— es la venta de bebidas alcohólicas.
Es un monumento al cinismo institucional, se prohíbe el acceso de artículos personales o alimentos de los ciudadanos, pero se les invita, casi se les obliga, a consumir alcohol bajo el sello de la FIFA dentro de un polígono privatizado.
Este modelo no solo es elitista y discriminador, es una afrenta directa a la cultura popular que durante décadas fue el alma de los mundiales celebrados en México.
Aquella unión genuina de las naciones alrededor de un balón ha sido reemplazada por una coreografía de mercadotecnia donde la fanaticada de clase popular es vista, en el mejor de los casos, como un consumidor más al cual exprimir en condiciones de confinamiento, o en el peor, como un estorbo que debe ser retirado de la vista para no empañar la postal del evento VIP.
El descontento social que ya se percibe en las calles no es gratuito; es la respuesta natural a una estructura que desprecia la historia y las necesidades de la gente, priorizando el negocio sobre la cohesión social.
Al final del día, este mundial corre el riesgo de convertirse en el espejo exacto de nuestra realidad política, un espectáculo costoso, de cartón piedra, diseñado por y para unos pocos, mientras que, en el terreno de juego, es más que probable que el desempeño de nuestra selección termine por rubricar esta tragedia con el tono de una parodia que ya conocemos demasiado bien.
Y es que, la estructura amafiada entre la FIFA, la marca oficial, gobierno y el comité organizador, le apostaron al, GANAR, GANAR; ya se frotan las manos por las ganancias que les generará la fanaticada, vaya o no a los estadios, asista o no a los espacios públicos, (esos que dicen transmitirán gratis los partidos) pero que ya se cubrieron con recursos de los ciudadanos por sus gobernantes, claro, eso incluye hasta la uniformación oficial de los voluntarios, en donde Jalisco demostró su lado humanitario, designando millones de pesos para garantizar el colorido escenario turístico.