
EL ALETEO DE LAS FURIAS
Javier Molina, in memoriam
Por: Carlos Prospero/ TEN/ Cultura
Muchas noches no duermo, temeroso del aviso mortal que en los sueños me llega.
Muchas veces despierto sorprendido de ese aviso difuso que me avisa de un viaje al infinito.
Escucho sólo el tric de las tijeras, miro sólo el carrete girando ad infinitum.
Sé que alguien muy cercano, muy querido u odiado, partió a tierras ignotas.
Yo sé que alguien se ha ido de esta vida terrena:
cruzó el río de sangre con su perro en la barca.
Alguien me avisa siempre: el teléfono oscuro, la campaña que tañe.
No hace ni una semana le dije a Eduardo Hidalgo, el poeta de Huixtla:
se me olvida su nombre, era amigo de Quincho.
II
En el 95, tras un largo autoexilio, yo fui a Tuxtla Gutiérrez invitado por Laco
para un gran homenaje al poeta Sabines, todavía respetable, gran ausente, arrogante,
pues no quería a Laco ni a Juan ni a Oscar, por seguir en la lucha.
Allí en una comida vino Javier Molina, bastante desgarbado con sus ojos de lince.
Cruzamos tres palabras y llegaron los administradores a pedirle se fuera.
Leyó algunos poemas en el auditorio y no volví a mirarlo.
Su palabra era fina y él bastante arrogante.
Un poeta distinto entre los exquisitos.
III
Me entero que el domingo, ese largo domingo que no podía dormir por el calor intenso de la noche pesada…
¡Maldito sea el calor!, pero no era el calor, en mi oído quedaba el tric de las tijeras, el de la despedida que nunca se completa.
Entonces solo espero la campana, la tórtola en el palo de naranja, la luz amarillenta de la luna.
Venus en lontananza…
La noticia me llega con forma de obituario.
La noticia que llega y me da un golpe al pecho, y una larga tristeza como un amplio siseo que afloja los tendones.
Las Furias han cortado los hilos de la vida… ¡Buen viaje, compañero!