OPINIÓN

PINTA DE LA PATADA EL MUNDÍAL PARA MÉXICO

castlePor: Víctor Galindo/ TEN/ Opinión

México se prepara para un hito estadístico que, en el papel, debería ser motivo de orgullo nacional: convertirse en el primer país en albergar tres Copas del Mundo. Sin embargo, a medida que la fecha inaugural en el Estadio Azteca se aproxima, el silencio en las calles de la capital, Guadalajara y Monterrey es ensordecedor. El ambiente no es de fiesta, sino de una profunda apatía que revela una verdad incómoda: la maquinaria comercial de la FIFA y la gestión directiva local han terminado por devorar la identidad del fútbol mexicano.

La historia nos ofrece un espejo cruel para entender el presente. En 1970, el Mundial fue el bautismo de modernidad de un México que sanaba heridas sociales, un evento de «barrio» donde la conexión con figuras como Pelé era mística y orgánica. Para 1986, tras el devastador terremoto, el torneo se transformó en una terapia colectiva; la «Ola» no fue un eslogan publicitario, sino un grito de supervivencia de un pueblo que encontraba en el balón una razón para sonreír. En ambas ediciones, el fútbol pertenecía a la gente.mundial

Hoy, ante la realidad de 2026 es un despliegue de opulencia vacía. A pesar de contar con tecnología de punta y preventas bancarias exclusivas, el desinterés es generalizado: 7 de cada 10 mexicanos confiesan sentir poco o nulo entusiasmo por el torneo. Esta erosión de la pasión no es accidental, sino la consecuencia lógica de una gestión que ha priorizado el dólar sobre el desarrollo deportivo. La afición, cansada de resultados mediocres y de una selección que parece más una agencia de marketing que un equipo competitivo, ha retirado su confianza.

El sentimiento de anfitrión también se ha diluido en una sede compartida con Estados Unidos y Canadá. Al quedar México relegado de los partidos de eliminación directa más trascendentales, la percepción de es «nuestro mundial» se ha esfumado. El fútbol ha dejado de ser el «juego del pueblo» para convertirse en un lujo prohibitivo. Mientras que en 1986 unos días de salario mínimo permitían el acceso a las gradas, hoy asistir a la inauguración exige ahorros de meses o años para el ciudadano promedio, ensanchando la brecha entre el espectáculo y su base social.

Estamos ante un torneo diseñado para el pago por evento, las cámaras y los patrocinadores, donde los salarios estratosféricos y los contratos millonarios han cavado un abismo entre el ídolo y el espectador. Sin una conexión emocional genuina y con una fe deportiva en mínimos históricos, México se encamina a organizar un mundial que, aunque rompa récords de facturación, corre el riesgo de ser recordado como una celebración sin alma, un evento donde el balón rodará, pero el corazón de la afición permanecerá apagado.