QUE DECIDAN POR ELLOS

Por: Luis Rodolfo Morán Quiroz*

La letra de la canción de Serrat en la que habla de “esos locos bajitos” incluye una reflexión en el sentido de que debemos reconocer que “nada ni nadie puede impedir que sufran, que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós”. En buena medida, la escuela y la educación previa en el hogar y lo aprendido en otras instituciones y situaciones ayudarán a que cada individuo añada elementos a sus procesos de decisión. Habrá quienes aprendan a decidir rápido y con unos cuantos elementos que consideran pertinentes, sin incluir en la ecuación otros factores que podrían parecer vitales para otras personas. Habrá quienes se tomen un tiempo que otros verán como excesivo. Sea que consideremos que las decisiones que tomamos en el pasado fueron temerarias, cautelosas, sensatas, apresuradas, estúpidas o innecesarias, solemos ubicarnos en bifurcaciones en la vida. De algunas somos conscientes. De otras simplemente creemos que es la única opción disponible y seguimos un camino que veíamos como el más natural o adecuado.
Los discursos que señalan que hay determinadas formas de relación, de instituciones o de actuar que son las “naturales” o las “lógicas” suelen señalar heurísticas que para quienes reproducen esos discursos son las morales, las únicas, las deseables o las que marca la tradición y por ello serán insensatas aquellas personas que no opten por esas reglas o criterios de decisión. Disponemos de la posibilidad de analizar cómo decide la gente en determinadas circunstancias y conocer cuáles fueron las consecuencias, en distintos plazos, de las opciones seleccionadas. Para algunas personas, seguir las normas de “lo que debe ser” puede llevarlos a decidir sin chistar por alguna solución que ya estaba en un guión que existía desde antes de llegar a la encrucijada. Así, hay quien decide dedicarse a determinada profesión porque así lo marca la tradición familiar o porque es la actividad a la que se dedican los habitantes de su pueblo.
Para otras personas, la opción que más les atrae consiste precisamente en hacer algo diferente a lo que se estila en su contexto familiar, de oriundez, de clase o, ya dentro de una profesión, respecto a las prácticas habituales. Hay personas que son capaces de seguir todos los pasos de un protocolo establecido en una institución o profesión y en donde se marca una secuencia de acciones de parte de los miembros de ese grupo. Habrá otros que logren ver “cuellos de botella”, “atajos” o alternativas que pueden replantear los problemas o resolver algunos ya canónicos con criterios novedosos. Decidir con quién casarse o qué carrera estudiar suponen no cuestionar las decisiones previas como la decisión de casarse y la decisión de ir a la universidad.
En buena medida, aun cuando no siempre se haga explícito, en las familias y en las escuelas contribuimos a señalar a los recién llegados y a los novatos determinados caminos para decidir que no solo suponen determinados conocimientos, sino que los individuos están de acuerdo con seguir determinado camino que ya fue decidido de antemano. Para las burocracias y quienes se obsesionan por el control y por reducir la cantidad de alternativas de decisión, resultan chocantes, difíciles y conflictivas aquellas personas que plantean otras formas de actuar, porque entienden los problemas, los tránsitos institucionales, sus roles en esos grupos de maneras que rebasan los límites institucionales, familiares o grupales. Consideran que son otras las decisiones posibles. Para desesperación de quienes tienen más tiempo en ese contexto.
¿Quién no se opuso, en sus tiempos de juventud y adolescencia a los usos de sus progenitores, abuelos, directores y otras autoridades encargadas de vigilar que las cosas se hicieran “como siempre se han hecho”? En buena medida, las escuelas tienen el papel de ayudar a los estudiantes no solo a entender cómo se han planteado los problemas antes de su llegada, sino estimular a que, desde la disciplina, cuestionen los límites de ésta y planteen otras miradas, generen otros rumbos posibles de acción y cuestionen las decisiones y los conocimientos ya recibidos de las generaciones anteriores. Sin duda habrá descalabros (“¡pero, ¿a quién se le ocurre?!”) pero también se descubrirán interesantes alternativas y atajos para plantear y solucionar problemas. Quienes se obstinan en defender la ortodoxia y la tradición han perdido esa flexibilidad y frescura que caracteriza a los novatos que parecen no entender, pero que en realidad simplemente entienden la realidad de otro modo. Ya ellos decidirán sus caminos, preferentemente con conocimiento de cómo se hacían antes las cosas y cómo es posible hacerlas dadas las nuevas condiciones de la vida, la tecnología y las relaciones entre grupos e individuos.

*Doctor en ciencias sociales. Departamento de sociología de la Universidad de Guadalajara. [email protected]

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